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Columna: Acentos

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El retorno del PRI en 2012
El regreso del PRI en 2102 a la Presidencia de la República es un vaticinio fehaciente en la sociedad pero amargo para muchos. Ningún pronóstico es irreductible, pero la inminencia de la victoria priista la pone sobre aviso la ferocidad y la impotencia de sus críticos históricos, a los que se han sumado, tardía e infructuosamente, los cacofónicos oportunistas de lo “políticamente correcto” que creyeron que la derrota del PRI sería para siempre.
De su parte son tantas y tan desesperadas diatribas por la amenaza de su regreso, que entonces sí se puede pensar con alto grado de probabilidad que la especulación tiene fundamentos.
Así como muchos priistas intuyeron su derrota en 2000 ante la ofensiva mediática instalada desde 1988, así ahora, muchos de los antipriistas de aquella década están con el Jesús en la boca.
Ven a los priistas robustos y hasta bravucones.
Algo de ello es cierto, pero no pueden negar que tienen vasta ayuda externa. Parte de la sociedad no quiere saber nada de los panistas, cuyo mejor síntoma del derrotismo que les embarga es que no han sido capaces de cuajar a un candidato equiparable a los que tiene el PRI en el arrancadero.
Ver disminuido al PRD refuerza a un PRI galopando muy seguro hacia la victoria en 2012. No se tenga duda que el fracaso en que culminarán la mayoría de las alianzas perredistas en 2010 colocará a Jesús Ortega —hablando en términos de la vieja izquierda— en la “basura de la historia”.
Curiosamente, sólo lo puede salvar su némesis: Andrés Manuel López Obrador. Y esto siempre y cuando el ex candidato presidencial logre recuperar la imagen —objetivo en el que está empeñado— con la que buscaría regresar al lugar que ocupó como aspirante y candidato presidencial entre 2004 y 2006. Aunque difícil que alcance aquel nivel de apoyo que tuvo de la sociedad, al menos López Obrador podría salvar al PRD de un desastre que también tiene carácter de presagio fatal. Con la candidatura del tabasqueño el PRD alcanzaría de 13 a 20 por ciento de la votación, dependiendo del nivel de hundimiento del PAN.
No es descartable el actual jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, cuya candidatura por el PRD es un verdadero jeroglífico por las circunstancias políticas que tendría que desentrañar, pero ahí está también, como tabla de salvación de este partido. Pero sólo para eso.
O sea, para el PRI el camino hacia Los Pinos en 2012 parece estar allanado. Aparentemente, como diría un escéptico ante el diagnóstico optimista de un enfermo terminal. Pero por ahora todos actúan con los datos duros de una realidad política patética que le favorece, y el regreso parece inexorable. Y casi todos aceptan a priori las percepciones dominantes, sin soslayar el contexto sobre el que se está fundando dicho retorno.
Por principio el PRI se negó a hacer una reforma profunda de sus estructuras y de sus métodos internos. Al contrario, reincidió y se recreó en ellos. Lo hizo refinadamente, con rostros nuevos y viejos procedimientos, y así lo señalan esos críticos que ahora se desgañitan repitiendo las historias y argumentos que se usaron toda la década de los noventa, tal vez con la vana intención de recrear el clima antipriista que dio lugar a su caída en 2000.
Un antipriismo que sirve para recordarles a estos críticos la sentencia infalible de Marx, de que la historia una vez se produce como tragedia y la otra como farsa. Estamos en el segundo momento y no prosperará la reiteración porque, además, se enfrenta al modelo casi infalible de la victimización, muy de nuestro tiempo, y que consiste en que hablar mal repetidamente de alguien (con razón o sin ella) resulta contraproducente.
Con el PRI sucede lo que con López Obrador en 2004 y 2005. Decían que resistía todo. “Nadie le quita una pluma al gallo”, faroleaba AMLO y se burlaba de quienes denunciaban su autoritarismo, de las bribonadas de sus colaboradores, de su desprecio por la ley, hasta que la gota derramó el vaso. Pero esa es otra historia de errores personales y de dinero.
Aquí y ahora pasa algo semejante. No es improbable que el PRI gane casi todas sus batallas en 2010, pese a algunos candidatos y gobernadores.
Mucha gente está descaradamente a su favor y le importa un bledo si tal o cual es un funcionario cuestionado o un candidato de dudosa reputación.
Este fenómeno no es exclusivo de México. Hugo Chávez después de un golpe de Estado tomó el poder con el apoyo de la gente. Voto por voto. Ganó con las reglas de la democracia. Ahora tiene en jaque a sus opositores y a todo el régimen de libertades en el marco de la legalidad democrática.
Sin considerar otros aspectos —que hay que dejar el tema para una segunda ocasión—, el hecho es que el PRI va a regresar a la Presidencia de la República con las mismas armas que lo echaron fuera y nadie tiene por qué andar gimoteando por lo que va a suceder. jorge.medina@milenio.com * Columna de Milenio Diario

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Programa de Radio del 30 de Junio 2010

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