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Rebelión ciudadana

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Columna: Acentos

Por Jorge Medina Viedas

De las elecciones del 4 de julio, los ciudadanos fueron los mejores y todos esperamos que sean los verdaderos ganadores: arrasaron a los candidatos de los malos gobiernos, al corporativismo, a la simulación, a las cárceles partidarias y, donde así lo ameritaba, vencieron al miedo.
En entidades donde hubo alternancia o donde rechazaron a los partidos en el gobierno, rompieron las cadenas del poder caciquil y de las administraciones insensibles. Derrotaron al dinero, a la propaganda desmedida, a la imposición, a las amenazas y expresaron su derecho a decidir su propio destino.

Esta rebelión ciudadana ocurrió igual contra priistas, panistas y perredistas. Nadie estuvo a salvo de esta actitud, que es lo más rescatable de una elección y que nadie imaginó con este desenlace.

Hubo estados donde el triunfo era tan necesario como saludable para el propio partido derrotado. En Puebla y en Oaxaca, el PRI se deshace de golpe de cuatro políticos que iban a ofrecer más problemas que soluciones, para decirlo con eufemismos, porque en realidad se quita a dos rémoras locales que descalifican al PRI de toda la República y a dos que iban a encargarse de recordarnos su origen espurio.

Hubo victorias diminutas de los priistas, como en Veracruz y Durango, pero ahí también hay distancias y especificidades muy notorias: la arrogancia del gobernador duranguense, Ismael Hernández Deras, se identifica muy bien en el estado pese al buen candidato priista, Jorge Herrera Caldera; y el candidato de la alianza, José Rosas Aispuro, es un ex priista con más oficio y ligas que este último. La ecuación es perfecta para que la victoria del PRI haya sido tan exigua.

En Veracruz, el presidente Felipe Calderón sigue llenado urnas. No tomó el auricular para felicitar al vencedor real, el priista Javier Duarte, pero éste respondió al desplante del activista de la residencia oficial de Los Pinos muy al estilo veracruzano: “¿Lo felicitó el Presidente”, le preguntaron a Duarte. “No, a mí me va a invitar a tomar un café porque sabe que nos pueden grabar”, respondió.

Javier Duarte no ha tenido que imponerse sólo a la campaña sucia del oficialismo, sino a una de las apuestas más obsesas del Presidente, quien, para que la cuña apretara en el compendio de maldades políticas, barnizadas por sumas estratosféricas de dinero federal, hizo candidato a un ex priista, Miguel Ángel Yunes, de ésos que basta decir que por su culpa, por sus perversiones y sus latrocinios como gobernantes, hicieron caer al PRI en 2000. Pero ahí el Presidente ha perdido la compostura y han sido el propio ex dirigente el PAN, Manuel Espino, y el ex panista, Gerardo Buganza, quienes se han encargado de delatar sus incongruencias. El fastidio del Presidente contra Duarte, o sea, seguir moviendo a Yunes en ese montaje poselectoral peripatético, ha sido secundado por algunos periodistas que lo despreciaron por lo que le hizo a Cuauhtémoc Cárdenas en la campaña de 1988, cuando en un lugar público le envió un grupo de trasvestis, queriendo enlodar la imagen del michoacano.

Pues con esos enemigos y con todo y las grabaciones, trucadas o no del gobernador Fidel Herrera, Javier Duarte logró vencer a Yunes y al presidente Calderón. Léase bien: Duarte ganó pese a todo.

Pero en Sinaloa la lectura puede ser otra. No, no triunfaron el PAN ni el PRD. No se equivoquen. La victoria del ex priista Mario López Valdez tiene el sello de la épica ciudadana. Se unió al PAN, un partido dividido, con líderes y militantes asociados al candidato priista, penetrado por empresarios oportunistas, cuestionados por su enriquecimiento repentino; Malova se sumó a un Partido de la Revolución Democrática sinaloense viciado y disminuido en sus estructuras, cuyos militantes honestos ven de lejos y con escepticismo a una dirigencia añosa y
corrupta.

El candidato de esta alianza mortecina, además, se enfrentó al poder y al dinero sin límites. Tuvo que luchar contra un gobernador y un candidato priista que pusieron en suerte todas las argucias para liquidar las aspiraciones, de esta que parecía una asonada más. Pero no, no lo fue.

Nunca en la historia de Sinaloa se había visto tal género de impudicia política para que se diera la imposición. Dinero e ignorancia juntos se preparaban para seguir gobernando. Sinaloa entero veía cómo la riqueza manchada por la sospecha se hacía del partido, de las estructuras sociales y de la Universidad de Sinaloa. La soberbia, el ultraje, la vulgaridad y la mediocridad política parecía que iban a asentarse en Sinaloa.

Pero los sinaloenses dijeron que no. Ofendidos, agraviados, atemorizados ante el derroche de millones de pesos, de despliegue de poder y soberbia, habían guardado silencio durante casi dos años. Llevaban a cuestas una pesada losa de impotencia y desaliento. Imaginaban un futuro de vasallaje y de ignominia.

Pero el 4 de julio se rebelaron: rescataron coraje, valor y dignidad. La gente salió a votar para cambiar la historia. Dicen los que saben que hoy los sinaloenses caminan ligero y respiran un aire de libertad y de esperanza.

Jorge Medina es columnista de Milenio Diario, comentarios a jorge.medina@milenio.com

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Programa de Radio del 30 de Junio 2010

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